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Barañao es buen político, pero no
un buen científico
Por Laura Vilche / La Cap
Juan Carlos Chachques tiene más vidas que un gato. Este cardiocirujano santafesino formado en la Facultad de Medicina de Rosario, docente de anatomía y residente del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, secuestrado y torturado en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) durante la última dictadura militar, radicado desde hace décadas en Francia —donde fue distinguido con el máximo galardón que otorga el estado galo (la Orden de la legión de Honor)—, investigador, creador el método del echarpe cardíaco y especialista en regeneración cardíaca con células madres, habla de toda esta parte de su biografía como de “una vida”.
Juan Carlos Chachques tiene más vidas que un gato. Este cardiocirujano santafesino formado en la Facultad de Medicina de Rosario, docente de anatomía y residente del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, secuestrado y torturado en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) durante la última dictadura militar, radicado desde hace décadas en Francia —donde fue distinguido con el máximo galardón que otorga el estado galo (la Orden de la legión de Honor)—, investigador, creador el método del echarpe cardíaco y especialista en regeneración cardíaca con células madres, habla de toda esta parte de su biografía como de “una vida”.
Pero dice que tiene “otra”, la que lo involucra a misiones humanitarias en países como Kenia, Tanzania, Egipto, Siria, Marruecos, Sudán y Bosnia donde trabaja tratando deficiencias cardíacas y todo tipo de enfermedades infecciosas.
Esta semana, de visita en Rosario donde fue nombrado doctor honoris causa de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), se enteró de que Santa Fe bajó a un dígito la mortalidad infantil (que pasó de 10,3 a 9,7 por cada mil nacidos vivos). Y se alegró. “En un año electoral tal vez esto no suma votos, pero como ser humano y médico preocupado por la salud, no dudo de que eso es lo importante, no que se peleé Scioli con un ministro o que en San Luis se construyan obeliscos y templos. Es muy bueno que un gobierno provincial se preocupe por este tema y logre buenos resultados”, concluyó. Pero este rescate de las políticas públicas no le impidieron ser muy crítico con el titular del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, Lino Barañao, de quien dijo: “Debe ser un buen político, pero no un buen científico”.
—Como hombre de ciencia, ¿qué opina de la medida del gobierno nacional de pasar la Secretaría de Ciencia y Técnica al rango de ministerio, la repatriación de más de 800 investigadores y el aumento de sus salarios desde que se creó ese organismo?
—Me parece excelente si cuando vuelven los científicos tienen medios para trabajar y un plan claro de investigación. Porque, sinceramente, y hablo de las áreas de biología y cardiología, que son las que más conozco, no hay presencia argentina en los foros internacionales y grandes congresos. Tal vez acá los científicos se destacan, pero afuera no. Estuve hace poco en China, en India, ahora iré a Filadelfia y no hay ningún trabajo ni presentación ni orador argentino. Me refiero a trabajos que merecen ser presentados, no a publicaciones que sólo sirven para un currículum personal, eso es egoísta. Una investigación debe tener expansión, aplicación y servir a los pacientes de manera terapéutica y médica. Ahora bien, tengo mis reservas con el ministro (Lino) Barañao. Me parece que debe ser un buen político, pero no un buen científico. Cuando él asumió, justamente estábamos en París preparando una jornada franco argentina con un colega (el inmunólogo Edgardo Carosella). Invitamos entre 30 y 40 científicos que trabajarían con otros 30 o 40 de allá; conseguimos fondos para pagarles pasajes y hospedaje, y le pedimos a Barañao en París que nos diera apoyo oficial. Era importante para todos. Desde su ministerio nos dijeron que «no» porque el encuentro no se estaba organizando en territorio argentino. Le mandé un mail diciéndole que se equivocaba, que la convención de Viena estipula que la embajada es territorio argentino, por eso es también lugar de asilo. Entonces, el ministro no sólo no conoce las leyes de la diplomacia sino que parece tener mucho manejo político universitario, pero conoce poco el campo científico, de hecho no tiene mucho trabajo que lo respalde como hombre de ciencia.
—¿Cómo vio al país?
—Lo veo consolidado democráticamente, con libertad de prensa, con más estabilidad económica, pero estuve en el sur y me sorprendo mucho ver que no se exploten para nada las energías renovables. No hay grandes emprendimientos de energía solar, no hay hélices que se mueven con el viento, me parece lamentable que no se tenga en cuenta el futuro. Hay que usar el sol, el viento, las mareas y los ríos como fuente de energía; como antes, cuando yo era chico y vivía en Godoy (Santa Fe) y todo rancho tenía molino con el que cargábamos la batería y escuchábamos radio. Japón pasó por la bomba atómica, cánceres y muertes, y a pesar de eso se animaron a hacer 40 centrales nucleares en una Tierra que se mueve, creo que los científicos, técnicos y gobiernos que aceptaron eso merecen un repudio o al menos un arrepentimiento.
—Parece un hombre de muchas vidas, de días de más de 24 horas o con cientos de años encima (nació en 1944)
—No uso reloj, así que no sé cuántas horas paso trabajando. Y años, no me acuerdo (se ríe). Pero la verdad es que lo importante no es lo que viví si no lo que me falta, me gustaría que me queden aún muchos años porque tengo muchísimos proyectos aún, muchas cosas por hacer.
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