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No seremos capaces de consensuar un paÃs para los próximos 20 años?
El fenómeno de la atomización marca la crisis que afecta la integridad del sistema democrático, generando permanentes obstáculos para el debate interno profundo, práctica que constantemente queda soslayada por la disputa de candidaturas y posicionamientos particulares.
El escenario político se está sacudiendo por una serie de reacomodamientos en la oposición impensados poco tiempo atrás; de un mes a esta parte observamos como se desarman alianzas que parecían naturales, pero a su vez se están pergeñando otras que sorprenden a más de un entendido.
Los movimientos son múltiples al punto de que resultan dificultosos memorizarlos, si bien este tipo de procesos suelen nutrir la agenda de los dirigentes, sobre todo en años electorales; por lo inesperado de las variantes que se lucubran, estás asombran a buena parte de la sociedad. Esto es así no tanto porque los hipotéticos entendimientos sean de incongruencia total, sino porqué apenas meses atrás, cuando varios se creían elegidos para liderar la oposición, se empeñaban más en marcar las diferencias con sus potenciales contendientes, cuando no descalificarlos en pos de alcanzar el “su objetivo”.
La sociedad que no comulga con el kirchnerismo venía reclamando desde la elección del 2009 la unión de toda la oposición; tal aspiración es una quimera impracticable que sólo puede estar en la mente de cándidos de buena voluntad; sin embargo, tampoco es ilusorio pensar que resulte posible la convergencia de conductores y corrientes de opinión, que al fin de cuentas no preconizan postulados tan diferentes. Por el contrario, Argentina con 40.000.000 de habitantes ostenta el insólito récord de contar con unos 600 partidos reconocidos a nivel nacional (Datos de fines de 2009), un verdadero despropósito, máxime si comparamos con lo que ocurre en el continente: Brasil cuenta con 30 agrupaciones de orden federal, Uruguay, 20, Chile, 10; y México apenas 6.
El fenómeno de la atomización marca la crisis que afecta la integridad del sistema democrático, generando permanentes obstáculos para el debate interno profundo, práctica que constantemente queda soslayada por la disputa de candidaturas y posicionamientos particulares. La vigencia de esta realidad es conspirativa para la obtención de consensos, además de dificultar notoriamente la misión de las fuerzas políticas de amalgamar la voluntad ciudadana.
No es menester indagar demasiado en los anales para apreciar cuanto a perjudicado a nuestro país tanta fragmentación; posiblemente si nos enfrascamos en nuestras vicisitudes no alcancemos a dimensionar cuan pernicioso ello ha resultado; por lo tanto es oportuno prestar atención que ocurre aquí y en las naciones vecinas, cada vez que cambia el signo político. A tal efecto es valido observar lo acontecido en los países mencionados. Brasil, Chile y Uruguay han tenido dictaduras militares contemporáneamente con nosotros, luego fueron gobernados por fuerzas de distinta extracción. A ninguno de ellos se les ocurrió modificar a ultranza lo realizado por sus antecesores; teóricamente Lula estaba en las antípodas de Fernando Enrique Cardoso; Tabaré Vázquez nada tenía que ver con el pensamiento de la Lacalle y este siempre milito en asimetría con Sanguineti; tampoco Piñera nunca comulgó con las ideas de Lagos o Bachelet, pero en todos los casos existieron denominadores comunes, se respetaron políticas de estado y, sin resignar las criticas cuando así lo entendieron, jamás descalificaron las gestiones de sus dignos adversarios.
La existencia de tantos partidos, muchos de ellos minúsculos e irrelevantes, desproporciona la competencia, desnaturaliza el funcionamiento de los partidos y, distorsiona la función de las internas, tan necesarias para el fortalecimiento de esas fuerzas y en consecuencia de la democracia misma, pero producto de la proliferación de tantos “capitanejos” se convierten en internismos absurdos.
La vida política desarrollándose en un ámbito tan balcanizado ha creado vicios que no son fáciles de revertir, la “necesidad” de diferenciarse resulta perversa, haciendo que el camino más corto, pero no el mejor, pase por establecer “límites”, que tan de moda está en este tiempo o, enarbolar falsos prejuicios ideológicos, teoría esta perimida en las democracias más fortalecidas del mundo.
El pretexto ideológico no lo entiende la sociedad y, también es extemporáneo en los tiempos que corren. Con ello no pretendo minimizar la importancia de las ideologías, ni el valor de los ideales, o renegar de las doctrinas. No obstante es menester ser equilibrado y razonar concienzudamente al respecto. Si abrimos nuestra mente y observamos cuales son los procesos que se dan en el planeta mucho tendremos para aprender.
Felizmente en Argentina los extremos no tienen cabida en el consideración general, los contrastes que pueden advertirse en los principales referentes políticos, no son mayores de los matices históricos que cohabitaron en las líneas internas de los principales partidos; la mayoría de los protagonistas proceden del peronismo, el radicalismo, el liberalismo o el socialismo, fuerzas en las que siempre abrevaron corrientes con un amplio espectro.
Esta característica es la que impera en las democracia más reconocidas, la prueba está en el comportamiento que surge de las alternancias entre expresiones de centro derecha y centro izquierda, tan típicas como exitosas en la Unión Europea o, si queremos profundizar aún más estudiar el funcionamiento de los gobiernos de coalición, algo que nadie en Argentina quiere mencionar, pero una variante que muchos compatriotas no observa con malos ojos. Al pueblo le interesa mucho menos quien gana, con respecto a que sabrán hacer. ¿No seremos capaces de consensuar un país para los próximos 20 años?
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Fecha de publicación: 08/05/2011 | 159 lecturas
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