Fuerte Guardia de la Esquina

 

 

 

El fuerte: su protagonismo en la región.

Por: Mariana Lussa
Profesora de Historia y Geografía.
Trabajo realizado en el año 2002/03.
Publicado en la revista “Entramados”,
realizada por el Instituto Galileo Galilei Anexo 29.


La historia de nuestra región nos muestra que el papel del fortín verdaderamente fue importante en el desarrollo de los acontecimientos que transcurrieron en la vida de lo que todavía no era Argentina. Es por eso que deseo mostrar una parte del mismo a partir de la vida en él para luego llegar a ver la función de la “Posta Guardia de la Esquina”.
Este trabajo intenta despertar el interés a quién quiera seguir investigando el camino de la Historia. La propuesta queda abierta…
 
La vida en el Fuerte.
Desde los primeros años de la conquista el problema del indio preocupó a los españoles debido precisamente a la belicosidad que mostraban algunas de las tribus asentadas en el ámbito provincial; recordemos la destrucción de Sancti Spiritus, allá por el año 1529.
Una solución fue la creación y el establecimiento de fuertes que defendieran a las pequeñas poblaciones y estancias que se levantaban en la zona.
El fuerte fue un medio ambiente y un proceso, un espacio geográfico y una sociedad con sus propios tipos sociales y su propia trama de relaciones, fue también, y por último, una cotidianeidad y una forma de vida con rasgos peculiares.
Estos pequeños fortines intentaban defender los caminos hacia Santiago del Estero, Tucumán y el Alto Perú; en el sur de la actual provincia de Santa Fe, se levantaron algunos fuertes, como el de la Esquina y el del Rincón de Gaboto, para defender los caminos de Buenos Aires hacia el interior y de Buenos Aires hacia Santa Fe.
Con el transcurrir del tiempo nuevas líneas de fortines se fueron estableciendo a lo largo y a lo ancho de la provincia y, al finalizar el siglo XVIII, las fronteras norte y sur se hallaban protegidas.
Manuel Cervera, en su obra Historia de la Ciudad y Provincia de Santa Fe, transcribe una descripción que hace un viajero de 1749 respecto de los fuertes… “[el fuerte] se reducía a una empalizada o pequeño recinto de palos gruesos hincados en tierra, en medio del cual, estacada, se levantaba una viga, en cuya cima, a donde se subía por una escala de mano, había una garita o atalaya, que allí llaman mangrullo, para descubrir la campaña y estar atentos contra los enemigos. Allí había unos diez o doce hombres del campo graduados con el nombre de soldados de la guarnición o de la tropa”
Alrededor de los fuertes se levantaban los caseríos donde se alojaba la tropa.
De ésta forma precaria se defendía a las pequeñas poblaciones y estancias del ataque de los indios.
Otra descripción nos es dada por el Dr. Bernardo Alemán en su Historia de las Instituciones de la provincia de Santa Fe:
“Los fortines, también llamados cantones, fueron en general construcciones bastante rudimentarias y precarias. Rodeadas de un foso exterior, una estacada de palo a pique, unos ranchos de chorizo para guardia de prevención, comandancia y cuadra de soldados y el característico mangrullo o atalaya para el vigía. Este estaba construido generalmente con troncos de palma para darle más altura. Muchas veces, el mangrullo fue reemplazado por un simple árbol que se dejaba de ex-profeso en el centro del reducto. El corral de la caballada, reses y algunos bueyes, y a veces un puente levadizo hecho con palos para salvar el foso, completaban lo esencial en un fortín.
El alimento principal y único de la tropa lo constituía la carne, para lo cual se contrataban los servicios de un proveedor encargado de distribuir las reses periódicamente por toda la línea de fortines. Cuando el proveedor no llegaba a tiempo, cosa bastante corriente, la guarnición recurría a los bichos que habitaban en el campo: ñandúes, venados, mulitas, martinetas, tatúes, peludos, nutrias, etc.
Los fortines se comunicaban entre sí por medio de las <<descubiertas>>: partidas de soldados que salían a recorrer y vigilar el campo. En caso de necesidad se empleaban los chasquis y cuando el peligro apremiaba se disparaba el cañoncito de señales.
Los soldados acostumbraban a llevar con ellos a su familia, de manera que muchas mujeres y niños participaban de los trabajos, vicisitudes y peligros de la vida de los fortines. En muchas ocasiones, éstas mujeres debieron empuñar el arma a la par de los soldados para defender el cantón atacado por los indios, y en más de una oportunidad cayeron ofrendando sus vidas a sus compañeros de penurias” .

Si hubo un tipo de vivienda que se caracterizó por su omnipresencia, éste fue el rancho. Esta franca primacía del rancho es una clara expresión de la precariedad, la inseguridad y la sencillez de la vida en el fortín. No había un tipo homogéneo de rancho. Tenía dos dependencias, una de ellas oficiaba de cocina y la otra de dormitorio. El mobiliario era siempre escaso y miserable, registrando la presencia de catres, alguna mesa pequeña y un par de sillas baratas.
Aunque acotada, la vida religiosa en la frontera no dejaba por ello de exhibir algunos rastros en el interior de la vivienda como imágenes de vírgenes y santos. También podía existir alguna capilla para orar.
La vida en aquellos ranchos estaba signada por el hacinamiento y la falta de intimidad. En las viviendas humildes todos los comensales compartían la misma cuchara, el mismo vaso de vino, y el mismo jarro de agua.
Una vida privada, en suma, donde no había un refugio para la intimidad y donde los rituales comunitarios avanzaban sobre la individualidad.
Mal abastecido de armas, municiones y uniformes, el fortín era el escenario de una vida llena de privaciones. Los soldados debían costearse el uniforme y llevaban una existencia militar durísima donde las ocasiones de gastar y ver deshilacharse su vestuario eran frecuentes.
La llegada del comisario pagador creaba un verdadero revuelo en el fortín; era un acontecimiento fabuloso aunque de veinte o más meses no traía el sueldo de uno o dos. La monótona y esforzada vida en el fortín, tenía sus momentos de entretenimiento y diversión. El juego de cartas era endémico entre los soldados y oficiales. En el período colonial estaba vedado a los blandengues “jugar juegos prohibidos de envite”. Empero, toda prohibición fue inútil, los blandengues se pasaban el día con los naipes en la mano.
Otros juegos eran el palo enjabonado, las carreras de caballos y, en alguna ocasión, también el carnaval.
Había un evento que se esperaba con impaciencia: el baile. La charanga del regimiento tocaba un gato o una cueca y los soldados sacaban a bailar a sus mujeres, las fortineras.
Estas tenían varias funciones: no sólo cocinaban y lavaban la ropa de sus compañeros, también desempeñaban diversas y variadas tareas que hacen pensar que estaban semimilitarizadas. Debían acudir al primer llamado del oficial, concurrir a los velorios y asistir a los enfermos, cuidar las cuadras cuando se ausentaba el regimiento, vigilar las caballadas y hasta vestirse de soldados para engañar a los indios. Alguna que otra fortinera hacía de curandera.
Muchas mujeres lavaban y planchaban la ropa de la tropa y cobraban por el servicio, otras cocinaban tortas y las vendían a la oficialidad.
Cuando el cariño se enfriaba o aparecía otro hombre en sus vidas, no vacilaban en abandonar a su compañero y formar una nueva pareja. Muchas escapaban hacia otros fortines y para eso debían cruzar el desierto, que se habría más allá de las últimas poblaciones.
Para enfrentar la travesía había algunas reglas: ante todo marchar por las rastrilladas que dejaban los indios en su ir y venir o por el sinuoso camino que abrían las carretas, evitando así caer en los guadales, esos suelos blandos y movedizos, que podían ser húmedos o secos, arenosos o pantanosos y donde se hundían los jinetes y sus cabalgaduras.
Hasta aquí una pequeña descripción del fortín que sirve para llevarnos hacia la vida de uno de ellos: el fuerte Guardia de la Esquina.

¿Cómo surge el Fuerte Guardia de la Esquina?


El nombre de Esquina aparece asociado inicialmente a la “Posta” del mismo nombre en la Carrera al Alto Perú, siendo una de las más antiguas en el territorio provincial. Al fundarse la estancia “San Miguel”, de los padres jesuítas, en campos del Sr. Manuel Díaz de Andino, surgen dentro de las 300.000 has. de su propiedad, diversos puestos: San Miguel, La Esquina, Rincón del Carcarañá, Cañada de San Lorenzo, San Ignacio y San Lorenzo, que habilitan el camino hacia las provincias andinas y al Alto Perú para la comercialización de productos de la tierra: yerba y tabaco traídos desde Misiones.
Producida en 1767 la expulsión de la Compañía, ya dejaba habilitado el tránsito hacia el Interior. En su desarrollo hacia Córdoba la ruta seguía por la costa del Carcarañá hasta Fraile Muerto.
La Posta de la Esquina se convierte en Guardia a raíz de los litigios limítrofes entre las jurisdicciones de las Intendencias de Córdoba y Buenos Aires.
Cada ciudad-provincia comenzó a constituirse en entidad orgánica, delimitando su territorio y estableciendo aduanas interiores. Por eso cuando el gobierno de Córdoba, ejercido por Don José M. de Anglés, fundó en 1726 el fuerte de Cruz Alta, el Gobernador de Buenos Aires dispuso la fundación, a cuatro leguas de aquel, de Guardia de la Esquina, la que serviría de fuerte, posta, aduana seca y, por sobre todo, de reducto contra el expansionismo de Córdoba del Tucumán por la costa del río Carcarañá.
Consideraremos ese año como el origen de la Guardia de la Esquina. Esta guardia continúa como tal, una vez fortificada, hasta el año 1864, en el que se traslada como villa a su actual emplazamiento con el nombre de San José de la Esquina.

Características, habitantes y viajeros.
Concolorcorvo pasó por éstos parajes en 1770 y escribió en su libro El lazarillo de Ciegos Caminantes, lo siguiente:
“Desde la India Muerta hasta la Esquina de la Guardia no hay agua en tiempo de seca; pero en el de lluvia se hacen unos pozos o lagunillas, a donde bajan a beber los ganados cimarrones y acontece algunas veces que se llevan las caballerías de los pasajeros, dejándolos a pie, con riesgo de sus vidas…” “…Los militares según he observado, tienen particular gracia y persuación para inducir al servicio del Rey, causándome una alegre impresión ver a un hombre de honor reducido a vivir en la estrechez de un carretón; en el tenía, con bastante aseo, su cama; le servía de mesa un corto baúl, en donde tenía un papel, tintero y algunos libritos y su asiento correspondiente.”
Las primitivas guarniciones de los fuertes se hacían por reclutamiento entre los vecinos, que menguaba por ese entonces el peligro de las invasiones de los indios. Vivían atrincheradas tras unos tunales y fosas de agua. Las escasas viviendas de la posta estaban situadas cerca del actual emplazamiento del pueblo. Sólo desde ese punto el río podía divisarse.
Las primeras tropas que tuvieron a su cargo la custodia de los fuertes fueron los blandengues, cuerpo creado por primera vez en Santa Fe.
Su denominación les viene de la gallardía natural de los soldados con sus vistosos uniformes y el blandir de las largas lanzas de calihué.
Las compañías fundadas en Buenos Aires posteriormente recorrían hasta Pergamino, cuando los fuertes comenzaron a servir como lugar de concentración de prisioneros portugueses. Los blandengues de Santa Fe llegaron a sumar 1524 hombres en 1771. Cada soldado tenía que costearse su propio uniforme.
El comandante del fuerte ejercía funciones en una amplia jurisdicción, con autonomía para decidir cuestiones judiciales y militares. Podía designar misiones especiales con Jefaturas a cargo del Sargento o cabo a fin de controlar “las pampas”, reconocer tropas de carretas, arrías, pasajeros, licencias, represión de contrabando, prisión de delincuentes, decomiso de género, oro, plata, embargo de ganado, etc.
Así mismo, estaban a cargo de los cobros de licencia por tráfico de hacienda, bienes o bultos, en el sector limítrofe, cumpliendo con sus funciones de aduana seca y la confección de sumarios a presos militares y civiles, aún por causas atinentes a la moral.
El 13 de Junio de 1806 el alcalde de la Villa de la Concepción de Río Cuarto, Luis de la Cruz, llegó a Guardia de la Esquina. En su diario de viaje dice refiriéndose a éstos lugares:
“A la una de la tarde salimos del fuerte –Melinkhué- con destino a la Esquina, y a las cuatro leguas alojamos a la orilla de una laguna de agua dulce. Los campos de la misma especie que los que hemos andado son muy abundantes en agua detenida.
El 13 proseguimos por el camino y a las 8 y 1/2 leguas llegamos a la Posta de la Esquina. Inmediatamente pasé con el pasaporte a presentarme al comandante del fuerte y me contestó, desde que me enteré de él, que no tenía soldados ni arbitrios para dar auxilios; que nadie le obedecía ni él tenía a quien mandar y que para silla me prestaría la de su caballo.
Le di los agradecimientos por su oferta y le pregunté si por aquí no habría algún oficial de milicias.
Me respondió que había un capitán pero no sabía como se llamaba ni donde vivía. Traté con él por un rato y me devolví a la posta, donde me alojé. El estado de este fuerte es lo mismo que el de Melinkhué: está situado a la costa del Río Tercero y lo mismo la posta y algunas poblaciones de particulares que hay. Por todos estos campos y los que ayer pasamos, hay saladillos.”
Como es sabido, el virrey Sobremonte huyó de la Metrópoli hacia Córdoba, desde donde comenzó a tomar disposiciones para acudir con un ejército formado con la ayuda de las provincias a la reconquista de Buenos Aires. Todas sus órdenes a los gobernadores demuestran su intento de establecer el cuartel general en Cruz Alta, como lo efectuó realmente. Ya a punto de emprender la marcha en dirección a la capital se situó en Guardia de la Esquina el 12 de Abril de 1807 y la describe así:
“El fortín es un ruín edificio cuadrado con dos pedreros de bronce y pocos ranchos diseminados…” “…Los mismos rasgos de inmundicia, pobreza y desamparo predominan por todo entre la gente; y en ninguna parte podíamos distinguir un lugar mejorado por la industria”.
En 1786 el comandante de fronteras don José Francisco de Amigorena, realizó un viaje desde Buenos Aires hasta Mendoza.
Del fuerte consignaba lo siguiente:
“... el fuerte se halla en un estado bien fatal, sin puente levadizo ni puertas, el foso cegado o casi sin aparejo con lo demás; la muralla es de tapia y ya se viene al suelo, como también las paredes (que es lo que queda) de un edificio interior destinado para cuartel de la guarnición; ésta se compone de seis infantes veteranos mandados de Buenos Aires, cuyo cabo hace de comandante y están con tal incomodidad, por el mal estado del cuartel que cuando llueve apenas hay sitio dentro de él donde poder colocarse los fusiles de modo que no se mojen: nos parece que un solo cañonazo, disparado dentro del fuerte será bastante para que parte de él venga a dar en tierra, sólo un Pedrero había montado cuando pasamos. Al amparo de éste fuerte viven treinta o cuarenta personas muy pobres repartidas en siete ranchitos, los cuales se mantienen de la cría de algunos animales, pero ahora que los indios se los han llevado se verán en situación apurada.”
Cuando en 1804 se nombra maestro de posta a Don Francisco Gallegos, antiguo poblador del lugar, las condiciones parecen mejorar. Así lo refiere el informe del visitador de postas Don Eugenio Balbastro en donde menciona que se disponía de mayores comodidades para los viajeros: un cuarto de cuarenta y cinco varas cuadradas, con un catre y un estrado; ciento cincuenta caballos realengos, ovejas, aves, ganado, huerta y leña, además de agua permanente.

¿Quiénes pasaron por el Fuerte Guardia de la Esquina?
A pesar de su pobre y rudimentaria construcción, el fuerte prestó importantes servicios como posta a los viajeros que se dirigían al interior. Muchos de quienes pasaron por éste fuerte tuvieron una importante relevancia en la Historia Argentina:
- Juan Antonio Lessica
- José García de Uidobro
- Ignacio de Garmendia
- Rafael de Sobremonte
- General Juan Manuel Belgrano
- Estanislao López
- General Cruz
- Tropa del general Ramírez
- General Paz
- General Lavalle
- Monseñor Mastai (elegido Papa con el nombre de Pío IX)

A modo de cierre…
El fortín fue un espacio de relaciones sociales, un punto de contacto obligado con el viajero.
En el fuerte, la vida privada asumió formas relativamente precarias y frágiles que rara vez dejaban margen para la intimidad.
Si algo representaba lo público, en los confines del poblamiento, tal era el ejército y el fortín: dos instituciones estatales, que respondían al Estado y eran financiadas por él. Pero en la frontera militar lo público se privatizaba rápidamente, porque el Estado tardaba en llegar y se implantaba mal.
La sociedad que vivía en el fortín tenía sus propios códigos y estrategias de supervivencia.
Era una sociedad cuyas lealtades estaban divididas y que vivía una relación ambigua con sus vecinos, los indios.
Gracias al relato de los diferentes viajeros podemos concluir: que la vida en el fuerte fue mucho más que el cuidado de la frontera, fue un conjunto de relaciones que le dieron una existencia propia al mismo y lo convirtieron en un lugar anecdótico y en un escenario de vidas marcadas por las privaciones.
Sin embargo, marcó un hito en la ruta de todo viajero que pasara por allí como parada obligada para después continuar su rumbo hacia los largos horizontes del “desierto”.


Bibliografía:
- MENEGHETTI, Amalia del Carmen, Historia I, Editorial Kapelusz. Febrero de 1993.
- MAYO, Carlos, “La frontera; cotidianeidad, vida privada e identidad”. Nueva Historia Argentina, Tomo II. Dirección de tomo: Enrique Tandeter. Editorial Sudamericana.

- RIVAS, Marcos, Historia de la Guardia de la Esquina.
- ARCHIVOS DE LA PROVINCIA DE SANTA FE.
- ARCHIVOS DE LA NACION, Tomo: Comandancias de frontera.
- CERVERA, Manuel, Historia de la Ciudad y Provincia de Santa Fe. Tomo I. Segunda Edición. Imprenta de la Universidad del Litoral. Santa Fe. 1979.

- ALEMAN, Bernardo, Historia de las Instituciones de la Provincia de Santa Fe. Comisión Redactora de la Historia de las Instituciones de la Provincia de Santa Fe. Imprenta Oficial. 1970.

 

 

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